viernes, 28 de noviembre de 2014

Nosotros los solitarios - Friedrich Nietzsche










 "Construiremos nuestro nido sobre el árbol del porvenir;
las águilas nos traerán el alimento en sus picos a nosotros los solitarios."



Friedrich Nietzsche
Así habló Zaratustra



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lunes, 24 de noviembre de 2014

Cicatrízate a ti mismo



Cicatrízate a ti mismo



 Gabi Romano







“Y las heridas hay que lamerlas como pantera, mirando hacia el horizonte...”

Luisa Díaz Garay




Cada historia de vida es un derrotero de paisajes afectivos, temporales plenitudes, ausencias invisibles, temores inconfesables, metas alcanzadas, circunstancias inmanejables, proyecciones irrealizadas, sueños truncos, travesías impensadas, intermitentes felicidades, distanciamientos, azares, decisiones, cierto degradé de tristezas, marcas imborrables, pérdidas… y heridas. Las heridas, en efecto, forman parte indiscernible de quien hemos sido y vamos siendo.

No hay herida que no esté indefectiblemente hilvanada en una particular historia individual (tan única como insondable) sin la cual el sentido de las experiencias de dolor resultaría tan superficial como probablemente errado o inexacto. 
  
Una herida es una huella. Su cicatriz, lo que nos queda para rememorárnosla.  Herida y cicatriz son signos que se evocan uno al otro. Signos significativos dentro de esa otra huella mayor que es que la que queda bocetada desde el dibujo de cada historia vital. La singularidad de las heridas perdería todo significado auténtico por fuera de lo que historifica a cada individuo como un habitante único de un mundo irrepetible.

La herida rasga. Escinde. Abre. Desgaja. Parte. Muestra. Marca.
Su cicatriz suelda. Reúne. Sutura. Repara. Sana.
En medio de una y otra, quien padece se ve obligado a participar de su propia cura. Pero ante todo, hay que habérselas con el dolor. Sin tránsito por el dolor, la herida es insanable.

Tanto las heridas -en sus diversas formas- como los modos en que ellas cicatrizan nos manifiestan que el dolor puede ser pensado como una ruta de múltiples intersecciones que deja de manifiesto nuestra actitud respecto del valor, la fragilidad, el sufrimiento, el coraje, la superación, y del enfrentamiento con la muerte. Heridas como mapas caleidoscopicos del sufrimiento. Pero también cicatrices que testimonian las distintas maneras que fue tomando en nuestra vida lo que podríamos llamar la “curación de uno mismo”.  

Según cuenta Pausanias, en la antigua Delfos, en el pronaos del templo de Apolo, se hallaba escrito un aforismo que ha dado mucho para reflexionar: decía allí “gnóthi seautón” (conócete a ti mismo). Hoy nos ocuparemos de una no menos importante extensión de la citada declaración que se enlaza con lo que se ha llamado “cura sui” (ciudado de sí, ocuparse de sí mismo). Diremos, parafraseando a aquellos sublimes griegos, cicatrízate a ti mismo.





Cicatrices de nacimiento


Hay quienes plantean que nuestra subjetividad está organizada a partir de una cierta herida simbólica original que se produce en el principio mismo de nuestro nacer (Ur-trennung).

Al llegar al mundo, nos despegamos del cobijante úteromundo donde la unión simbiótica con una mamá albergante que nos llevó dentro de sí durante unas cuatro decenas de semanas –y con quien nos mantenía vitalmente ligados un grueso cordón umbilical- quedará atrás para dar lugar a nuestra entrada a esta existencia como seres individuados. En ese “dejar atrás” que se produce en el acto mismo de nacer, habrá que apartarse de la placenta, fascinante órgano efímero garante natural de nutrición y vehiculizador de otras indispensables reguladas interacciones con la madre. Junto con la separación de la placenta también se rompe  esa unidad básica interdependiente a través de la cual se producían todos esos intercambios con nuestra habitable madre, sin la cual nuestra vida como humanos habría resultado inviable. 

Desde esta perspectiva, estaríamos marcados desde el nacimiento por un despegue. Y de esa necesaria ruptura que ha de establecerse con el cuerpo de la madre, nos queda una “marca” cuya visibilidad se encuentra desde el origen mismo de quienes somos: nuestro ombligo.

El ombligo es la cicatriz recordatoria de ese proceso primigenio de apego-desapego con el que arribamos a este mundo como diminutos seres aún extremadamente inacabados (y por ende, dependientes de otros que nos nutrirán, cuidarán, protegerán y velaran para que el resto del proceso de crecimiento y gradual autonomización se realicen en los mejores términos posibles para nuestro desarrollo).

Algunas interpretaciones psicológicas consideran que venimos ya marcados por el estigma de la división. Somos individuos, sí, pero sensiblemente sujetos a otros, particularmente a los “otros” que moran dentro del mismísimo nido de nuestra identidad configurándonos como una especie de “Uno-y-sus-heterónimos”. Estaríamos así sometidos a ciertas “operaciones de escisión” (sí, algunos psicoanalistas son muy complicados para decir ciertas cosas) que harían que seamos cualquier otra cosa menos indivisos. Individuos cuyos juegos de identidad involucran a más de uno… dentro de uno.

Desde este punto de vista, nunca seríamos “totales” puesto que siempre andaríamos algo desgarrados ya desde el principio mismo de nuestra llegada a la temporal estancia en la vida. Tempranamente sometidos a tironeos en nuestra malditamente fragmentada interioridad, nos creemos operativa-funcionalmente “uno” pero las divisiones y tensiones en nuestra interioridad pondrían constantemente en entredicho tal unidad. Sin entrar a determinar la validez o cuestionamiento de estas aseveraciones anteriores, parecería sí haber una marca de división  fundamental y originaria desde el nacimiento puesto que, para poder individuarnos del cuerpo maternal del que provenimos, debe haber un acto corpóreo, físico de des-unión. La unión materno-filial deberá proseguir, pero bajo una relacionalidad que llevará la simbiosis al ámbito de los lazos, de los vínculos, de los afectos y emociones. El cordón deberá devenir simbólico. Y de ese paso de la unión indiscernible dentro del cuerpo de la madre a la unión simbólica post-parto nos queda de recuerdo la redonda marca umbilical.
 
El ombligo es, sí, una marca, pero doble: es símbolo físico de la primer separación que experimentamos con el primer berrido, pero a la vez es el dichoso dolor olvidado desde el que deberíamos retroactivamente celebrar que se hubo de iniciar nuestro existir como seres capaces de respirar por sí mismos. Ser parte de la vida y llenar los pulmones con el ingente aire de privilegios que implica haber sido maravillosamente arrojados al vivir  nos cuesta esa primera marca, un primer dolor irrecordado ligado a la propia nascencia.

A esa individualidad que allí comienza, a esa singular identidad tan única como irrepetible que somos, no podrá ahorrársele en su camino ningún proceso emocional. Sentirá la alegría y la tristeza, el apego y los desapegos, los gozos y las desgracias, el amor y el desamor. Lamentablemente, cuando las experiencias existenciales nos expongan a ciertas frustraciones emocionales, sentiremos que estamos divididos, tironeados, agónicos, desgarrados, en conflicto, en tension. De allí nuestra constante desesperación -a veces tan vana como infructuosa- por hallar seguridad persiguiendo completudes que nos retornen a cierto estado “ideal” de totalidad (tal vez, pretendiendo revivir  el estado de fusión prenatal que la herida primigenia del nacer nos habría hecho perder?). Cualquier nuevo desgarro que se nos vaya produciendo en nuestro devenir, no haría más que actualizar la inermidad a que nos lanzó ese apartamiento inicial.

Condenados a ser eternos buscadores de una “plena” unión que nos sosiegue, jamás llegaremos a concretar una unión-fusión acabadamente… por suerte!!! ¿Por qué? Porque enfrentar la imposibilidad de las propias tramperas idealistas de nuestra mente es un paso fundamental para involucrarnos en relaciones más saludables. Éstas deberán nutrirse de realismo y voluntad antes que de los seguros venenos que terminan fermentando en la imagos ideales inalcanzables. Queda entonces aceptar lo que es, y lo que es, puede ser más fascinante que los castillos de humo de nuestra caprichosa tendencia a quimerizar. Darnos cuenta de que somos individuos capaces de crear relaciones libres (amistosas, amorosas, sexuales, laborales, económicas, políticas, educativas) con otros sin pretender insertar a nadie en fantaseadas unidades que sólo existen en las brumosas reminiscencias de nuestra memoria fetal, es sin duda, un acto de salud mental.





Malheridas de (des)amor


En el final de un poema llamado “El amenazado”, el genial escritor Jorge Luis Borges remataba: “Me duele una mujer en todo el cuerpo”. Efectivamente, así se siente la herida de amor, en todo el cuerpo, por todos lados. Una herida tan agudamente inmensa como trastornantemente ubicua. 

Fenomenológicamente pareciera resultar una obviedad afirmar que toda herida abre, lesiona, rasga creando una abertura de intensidad variablemente dolorosa. Y siendo la herida de amor una de sus formas más desesperanzada de estarse herido, nos sentimos durante el tiempo que dure ese particular sufrir, como si estuviéramos rotos, o murientes.

Lo que hiere en la malherida amorosa es no ser amado. O mejor dicho, no ser bienamado.

El amor herido es un rasgamiento donde –en un cruel juego de palabras- el amor que parte nos “parte”. El desamor rompe, es un rompimiento en cuya quebradura quedamos invariablemente rotos. Cuando esa herida se produce, la abertura con la que quedamos expuestos en carne viva es sufrida como un daño irreparable. La herida amorosa, en efecto, desune lo que hasta ese momento estaba ligado. Quizás esta particular cuestión  es lo que hace que, en determinadas situaciones afectivas que han sido particularmente relevantes en nuestro trayecto vincular, asociemos nítidamente el dolor de amor con la idea de “herida”. El ser amado se ha vuelto puñal.

Pero antes de la herida estuvo la fascinante experiencia de amar. Amar es, sin duda, una vivencia no sólo intensa sino vertiginosa. Amar y ser amados enciende el deseo, expande la pasión de estar vivos, nos conduce a una elevación de nosotros mismos en la cual nos sentimos como nunca antes, hace florecer nuestras más maravillosa potencia, nos da una fuerza invencible que nos hace creer que todo lo podemos y que venceremos cualquier obstáculo que se nos presente por delante. Pero esa experiencia en la que nuestro cerebro se halla anegado con todos los más potentes narcóticos naturales que puede producir la fascinante fábrica bioquímica de nuestro cuerpo, posee un punto de explosión y una posterior curva descendente donde estos efectos increíbles (en los que las drogas endógenas de nuestro sistema nervioso tienen un papel clave) van desvaneciéndose. Sí, de las alturas del enamoramiento se cae. Y a veces se cae muy mal. 

El amor, esa bella adicción a otro en quien proyectamos nuestra obsesión vincular, ES una droga. Una droga dura. Perder un amor, ser abandonados, tener una herida de amor produce un “dolor” en el que, empíricamente, intervienen los mismos centros cerebrales que se activan con las dolencias físicas. Borges en su poema intuyó esta cuestión neurofisiológica del desamor: la herida no es en una parte del cuerpo, sino en todo el cuerpo y ciertamente el amor puede hacernos doler. Y mucho. El mal de amor duele difusamente e inlocalizadamente. Duele aunque, paradójicamente, no se aloje en ninguna parte física de ese cuerpo. Cuando perdemos en el amor, tenemos no sólo ese dolor-herida extenso (que metafóricamente las convenciones situán en el “corazón”) sino también una batalla interna ante la que casi nada podemos hacer salvo darle tiempo a nuestras sustancias bioquímicas para que naturalmente se reacomoden. Si el amor intenso es una droga dura, la herida de amor (o la ausencia de éste) es una escalofriante pesadilla de abstinencia.   

La herida amorosa es un sentimiento infinitamente triste, y a la vez constituye una forma de expresión psico-bioquímica en la cual nuestra organicidad trata de nivelar con gran esfuerzo los desbalances de sustancias que participan activamente en los procesos de fluctuación entre amor/desamor. Las  anfetaminas naturales y morfinas endógenas (entre las que principalmente se destacan la feniletilamina, norepinefrina, dopamina, serotonina) deben retornar a valores “normales” que permitirán al cerebro desagotarse de esa inundación desequilibrante.

Al enamoramiento como triple fenómeno de saturación (químico, ontológico y existencial) le corresponde una marcha en reversa. Dicha reversión podrá ser fluida y cálida en términos emocionales si deviene en un lazo constante que se consolidará a través del crecimiento del apego entre los participantes de esa relación. Todo ello, en tanto y en cuanto el vínculo persista con el paso de los meses o los años, pese a haber ya pasado el “período de vértigo en caída libre”. Pero si la continuidad del amor es interrumpida por una partida o una ruptura, un final doloroso se precipita dejándonos horriblemente desgarrados.

Las heridas de amor, como casi todas las formas de herida, se superan, se suturan. El tiempo y la distancia son la mejor pareja de curanderos habida y por haber. Pero mientras el tránsito por el dolor del desamor dura, no hay otro remedio que soportar(se) en ese sufrir de ribetes abandónicos. El daño al proyecto de vida donde el ser amado era imaginarizado como partícipe fundamental no es cosa simple de acomodar en el alma. La sensación de fracaso, de desilusión (de estupidez retroactiva también) suelen advenir entre llantos y lamentos que salinifican aún más la carne abierta de un corazón profundamente sumido en la tristeza y el enojo, el reproche y la impotencia.

La herida de amor, finalmente, tiende a cerrarse. A veces, en condiciones recurrentes de exposición al “estímulo amado”, puede llegar a abrirse de nuevo, pero solemos estar mejor posicionados ya en nuestro eje para soltar alguna que otra lágrima más, o mirar con un relativo desapego de nostalgia melancólica aquello que pudo ser y no ha sido. Ni será. El amor, cuando es herido, exige un duelo del cual nos llevamos una regia cicatriz inolvidable. La cicatriz del amor herido tiende a señalizar, con los puntos de su costosa sutura, el camino de despedida hacia aquel a quien alguna vez se amó y/o nos hubo amado.





El heroísmo herido

La herida expone la interioridad, deja a la vista nuestra desprotegica carnadura. La herida visibiliza dolientemente la fragilidad que pulsa desde la carne viva.

Algo del orden de la debilidad se nos presentifica fuertemente cuando se nos hiere. En la herida la sensación de inmunidad y de intocabilidad con la que muchos transitan ilusoriamente por el mundo se evapora en un santiamén. Se podrá ser el mejor amante, el mayor de los guerreros, la más meritoria de las personas en un área profesional, nada importa cuando se trata del dolor. El dolor, como la muerte, es un maldito igualador. En la herida quedamos asimismo despojados de la ingenuide percepción narcisista que falsamente nos malindica que andamos por la vida protegidos por un halo invisible de seguridad mística. La herida nos refriega en la cara que ningún halo metafísico nos evita problemas, ni dolores, ni desgarraduras. Por supuesto, cada quien podrá autoconvencerse de que posee una protección desde el más allá (llámese Zeus, Thor, Jesús, Mahoma, parientes muertos, o los unicornios del bosque encantado). Pero no hay ningún plan divino que nos evite las heridas. Las divinidades “todo bondad, todo amor, y todo protección” son una cosa jodidamente rebuscada parece…

La herida, en principio, nos exige enfrentar la condición de ser seres marcados por la vulnerabilidad de la mortalidad. Sólo los dioses, proyecciones creativas de la angustia humana ante esa inermidad, disfrutan de los dones de la eternidad. Nosotros, aquí abajo, tenemos las horas contadas. Llegamos al mundo enteros, pero salimos de él muy lejos de sentirnos intactos. No somos irrompibles.
 
Pese a nuestra mortal condición, los humanos nos entregamos a luchar por nuestra vida y por lo que tenemos o amamos. Nos herimos dando pelea, batallando. Pero quien da pelea no sale ileso de sus combates, sino más bien marcado. El péndulo de nuestras experiencias nos hace oscilar entre esa vulnerabilidad estructural y el espejismo de fuerza transitoria que adquirimos cuando nos sentimos por alguna razón invulnerables.

Si quisiéramos poner atención entonces a las heridas que se producen en medio de los combates que libran los “llamados a luchar”, resulta imprescindible echarle un vistazo a la siempre enriquecedora obra de Homero. Tanto en “La Ilíada” como en “La Odisea”, la mención a la herida y al dolor que ésta provoca es un fenómeno que toca a casi todos los que se trenzan en los combates. Aqueos y troyanos sangran, se rasgan, laceran y son lacerados sin piedades de ninguna índole. Como señala con acierto Nicole Loreaux, los héroes griegos encuentran  su primera protección contra lo que hiere precisamente en su “alké” (fuerza). La desmesura de potencia con la que el guerrero blande sus armas, esa fuerza con la que se lanza a la lucha es justamente lo que lo protege del dolor ante las heridas que con seguridad se llevará como marcas de sus combates. Efectos tan efectivos como transitorios de la adrenalina alta y  la testoterona bullente.

Los héroes y todos los combatientes lejos están de la invulnerabilidad. Pero en principio, es ese furor adrenalínico de la batalla lo que los inmuniza temporalmente contra el sufrimiento que producen los cortes o golpes que sus adversarios les profesan. ¿Habrá deseado el rapsoda Homero evidenciar desde su narrativa épica un doble rostro de la herida? No lo sabemos. Pero pareciera haber un aspecto negativo de la herida, que sería aquel que la considera como una evidencia poco “gloriosa” para el narcisismo viril (no es bueno ni verse ni mostrarse herido), y a la vez un aspecto valorado positivamente que sería aquel por el cual la herida respresenta las cualidades del coraje de haber guerreado, una marca de haber participado con orgullo en batallas intensas en las que se ha enfrentado a enemigos brutales, y se ha sobrevivido para contarla.

El héroe herido redobla entonces su virtud como hombre de valor, puesto que esto último se demuestra no sólo primeramente en el campo de batalla sino también en la eventual entereza ante el dolor que le deja en el cuerpo un duro enfrentamiento con un adversario que lo ha logrado dañar. La herida guerrera apologiza la audacia y asimismo la resistencia, autentificando que ese sujeto lastimado ha pasado por verdaderas experiencias de brutal violencia sin flaquear por ello ni un ápice en su coraje. Doble rostro combativo de la herida. Por un lado, en la zanja que abre en la piel, expresa con doliente claridad que se es tan herible como falible. Por otro, en la recuperación de las heridas, en la cicatrización, nos devuelve a nuestras más virtuosas cualidades como seres perseverantes, con una inmensa capacidad para superar los peores golpes de la vida.

Todos somos, en alguna medida, héroes osados, combatientes, guerreros y batallantes capaces de inteligir desde el cuerpo expuesto al dolor que se es vulnerable y vulnerabilizable. Desde allí se aprende, en efecto, la invaluable lección de la supervivencia (hoy más cualitativamente definida como “resiliencia”): podemos ser desafiantemente audaces ante el estado de inerme fragilización a que la herida nos sobreexpone, y recuperarnos para narrar como la existencia sigue luego de los malos embates del destino.




 

Un “saber” de la herida


Ser seres expuestos, heridos y heribles, implica que nos la tenemos que ver con un desafío perpetuo: hay que aprender a convivir con las heridas. Lo cual quiere decir, en otras palabras, que hay que lidiar con lo hiriente -esa capacidad propia y de los otros de dañar- como con los efectos de dolor que nos suceden en la propia piel, la epidérmica y la emocional. Somos heridos, y heridores.

Se puede “aprender” a habitar las heridas? Hay un modo preferible de habérselas con esta condición de seres heridos y/o hirientes?

Las heridas, en tanto relativas inexorablemente a las experiencias de dolor, exigen ser sentidas. Fugarse de una herida sería una pésima táctica para atravesar el dolor. Evadirse de una herida tal vez sirva de manera estrictamente transitoria para soportarla. Pero el hecho de decidir no permanecer, no estanciarse activamente en las inevitables heridas que vamos sufriendo, no hará desaparecer la herida ni la cerrará, tampoco evaporará el dolor. Todo lo contrario. Evitar el atravesamiento miserable por lo que nos duele sólo ampliará la extensión de la herida, y hasta posiblemente nos pudra aún más la ya menguada alma encogida de sufrimiento. 

Si escapar de la herida no es una buena idea, qué nos queda por hacer entonces? Habitarla, primeramente. Aguantar el sufrimiento de los procesos curativos. Si es preciso llorar, pues llorar un río, llorarse un mar. Si es preciso gritar, mejor perder la voz aullando hasta que la ira dolorosa se agote. La descarga opera como una suerte de desinfectante: limpia, y calma. Descomprime. Expulsa las pestilencias embroncadas que nos produce el duelo de haber perdido, de haber sido heridos. Luego de esa etapa (a veces locamente desintoxicante), como toda herida, mejor dejarla al aire libre. Saber que allí está y estará. Darle oxigeno para que cierre. La piel que vuelve a aprender a respirar luego de una intensa laceración descubrirá que aún quedan poros abiertos por donde la belleza de estar vivos habrá de filtrarse buenamente si la reparación se realiza con éxito.  

En todo este proceso, de alguna forma, de lo que se trata es de construir un perpetuo saber dinámico acerca de cómo habitar el dolor.  Si somos seres heridos/hirientes, una gran parte del trabajo que implica la construcción de sí mismo (aquello que los antiguos griegos llamaron “ascesis”) será la adquisición de habilidades emocionales para habitar mejor esa permanencia activa en lo herido a los fines de cicatrizarse. Con el adjetivo “activa” me estoy refiriendo a una actitud. Una actitud tal que ésta acepte el desgarro y el sufrimiento (componentes trágicos inherentes a la existencia misma) pero que a la vez mueva lentamente la potencia de las fuerzas vitalizantes cicatrizantes que moran en nuestro singular carácter individual. Quedarse en la herida de modo pasivo, lamentarse de la mala suerte, maldecir a los jodidos designios que nos ha puesto el destino por delante, rumiar contemplando depresivamente el desgarro, culpar a otros, proyectar responsabilidades, querer volver la flecha del tiempo hacia atrás, todo ello es terreno de cultivo para las fuerzas reactivas del resentimiento. Todo ello genera enojo, ira, deseos vengativos y frustración. Todo ello empequeñece la anchura natural que posee el horizonte de posibilidades de quien sabe agradecer a las circunstancias el saberse aún con vida, con anhelos, con un puñado de realizabilidades siempre por llegar.

Este planteo trágico de la herida como primer imperativo al que nos expone el vivir mismo, implica aprender a “estar” herido. Pero ese “estar” en la herida, para reconocerla y reponerse de ella, de ningún modo implica un regodeo masoquista en el dolor. Justamente se trata de todo lo contrario: asumida esta condición ontológica de sabernos seres-en-herida,  resulta infinitamente más claro y definido el horizonte potente y vitalista a que debe tender la continua recuperación.

Estarse herido implica un segundo imperativo inexcusable y concomitante:  “saberse cicatrizar”. Aprender por sí mismo a caminar el sendero de la cura. Genealogía de la curación de sí.  Un saber de la herida debe ser indisociable de un saber de la sutura, de la convalecencia. Y reitroduzco en este punto la noble frase de Luisa  Díaz Garay con que comenzara este post, las heridas hay que lamerlas como pantera, mirando hacia el horizonte...





La curación de sí


Así como la medicina se ocupa de hallar los procedimientos para la cura y las más adecuadas técnicas de cierre para dar sanación a una lesión hiriente, la filosofía y la psicología se han ocupado de ofrecer “remedios para el alma”. Las heridas del alma requieren un oficio pertinente que las atienda curativamente.  Ya  Platón en “Protágoras” nos hablaba de los médicos del alma. Considero que el pensar filosófico es, ni más ni menos, que un modo posible que asume la terapeútica cuyo pharmakon es la palabra, el discurso, la autoreflexión sensible.

Palabras bálsamo. Cauterización del alma. Cicatrices invisibles.                           Ungüento reflexivo.

El drenaje del dolor es un procedimiento singular, intransferible. Cada quien puede “saber” (o más correcta y tristemente las más de las veces deberíamos decir “no saber”) acerca de las particularidades con que atravesar el propio dolor. Lo que nos representamos como herida y lo que toleramos como dolor provienen de nuestra particular condición sensible. Pero también de nuestras “series complementarias”, de nuestra trama neurótica, de nuestros esquemas mentales con los que tendemos a decodificar la realidad.

Cuando somos heridos, se dispara toda una red de significados y sentidos a través de los que nuestra sensibilidad quedará revestida simbólicamente. Lo que sentimos es lo que ese individuo único siente. Sentirá más, o menos. Experimentará su dolencia con mayor o menor umbral. Y del mismo modo, lo que ese individuo único piensa o reflexiona sobre lo que siente al ser herido es igualmente original. Por esto mismo las heridas son  altamente singularizables, y en consecuencia, el tiempo y modo de su cura también lo serán. Curarse de una herida variará de una persona en otra, con particularidades propias tanto como para tramitar el dolor como para resistirlo y darle un sentido en su biografía.

Hay heridas leves. Hay otras laceraciones que demandan años de costuras y reparaciones. Y hay daños tan descomunales que nuestra vida puede pender súbitamente de un hilo finísimo que la muerte se atrevería a cortar sin más. Sí, hay heridas que matan. Hay heridas mortales.

Algunos arrastran heridas semicerradas con las cuales prefieren hacer poco contacto con tal de que tales semicicatrices les permitan seguir siendo funcionales (una variante de la negación? Podría ser). Otros caen, rendidos, ante la gangrena que no pudieron-supieron-quisieron detener a tiempo.

Hay heridas y heridas.





El delicado hilván de la convalecencia


Algunas heridas nos dejan tirados como un trapo por un tiempo en la aparente insensibilidad de la soledad. Otras son tan viejas como olvidables. Están las que pasan desapercibidas, y  también las que resultan inocultables aún bajo el más espeso de los disfraces. Las heridas podrán compartir un relativo grado de similaridad, pero si algo las caracteriza es estar bordadas con el hilo distintivo de la diferenciación.

Nuestra identidad está forjada (vaya paradoja) sobre la base a sucesivas diferencias. Estamos hechos con la materia de la diferencia. Lo que somos es el capullo común que anuda un haz agitado de experiencias antagónicas. En nuestra identidad dormita la fiera y el ave inocente, la locura y el juicio, el desquicio y la voluntad de sentido, las alas y las cadenas, lo bello y lo pútrido, la necesidad de cercanía y la demanda autonóma que clama por distancia, el egoismo y el desprendimiento, la cooperación y la competencia, el detestamiento intolerante y la comprensión empática. Todos estos pares y muchos otros más, hilvanados de manera cruzada unos con otros y en tensión casi constante,  responden a su vez a una tela sobre cuyo fondo pueden advertirse los rastros rugosos de las heridas más antiguas que hemos padecido. La identidad contiene la experiencia de la herida, y la de la curación de sí mismo.

Cuando nos sentimos heridos, ese zurcido invisible que nos ata "enteros" afloja algunos de sus hilos.  Algo de nuestra identidad se suelta. Heridos, dolidos, lo que somos pierde sentido como unidad estable y funcional. Nos sentimos retazos. O retacitos. Insignificantes fragmentos incapaces de volver a unirse en un nuevo todo que, no por imaginario, es menos imprescindible y necesario para sobrevivir. La herida devuelve súbitamente la identidad a la lógica de la fragmentación. Y eventualmente, al caos. Volatilizada la unidad del Yo, rota la identidad por el dolor, nos partimos. Nos particionamos.  No alcanzamos a llevarnos en andas a nosotros mismos a ninguna parte ni para ningún fin. La herida, cuanto más vasta y profunda sea,  más inmoviliza y detiene. Desesperados, somos como el Barón de Münchhausen, pretendiendo vanamente sacarnos del pozo con nuestra propia mano tironeándonos de nuestro propio cabello...

Convalecer es tener capacidad de esperar, y de esperarse. Ser comprensivamente compasivo con uno mismo sin caer en la autoconmiseración. Otorgarnos por un tiempo y como un don, el permiso para un espacio en que pueda surgir un sentido para darle a ese dolor. Disponerse a la tristeza por un incierto lapso y alejar las brasas de esa llaga doliente. Ese es la labor del convaleciente.

Luego, de a poco, atreverse a mirar los nuevos trazos que hay en ese tapiz sobre el que se recuesta el dibujo informe de nuestra biografía. La tarea del convaleciente transformará a ese individuo si la experiencia del dolor logra adquirir una suerte de “ojos táctiles”: hay que saberse repasar-retocar con la mirada una y otra vez, palpar el lugar de la herida para reconocerla e incorporala. Reconocer la herida, aceptarla, sanarla, todo ese largo proceso es de algún modo, la forma en que nos liberarnos gradualmente del dolor atrapado en la memoria de las cicatrices.

La pantera que se lame su dolor con el cuello erguido y la mirada felina apuntando altiva hacia el enigma de lo que vendrá resulta una imagen no sólo fuerte sino precisa, contundente. Sea lo que sea, la lamida cauterizante del animal herido (recordemos que somos asimismo “animales humanos”) sólo es efectiva en la medida en que se disponga igualmente de una apertura esperanzadora respecto del misterioso por-venir entreabierto ante los ojos. Las heridas, para ser curadas, necesitan beber horizonte.

Seamos, pues, panteras. Dignas panteras. Démonos bálsamo a lo que nos duele desde nuestro propio ser. No esperemos que la lamida suturante venga de nada ni de nadie más que de nosotros mismos.

Quien ha sido herido profundamente pasa, en su convalecer, por un necesario período de anachóresis, de apartamiento en soledad. Soledad de soledades. Retiro temporal tan solitario como imprescindible para entregarse a una cura desde sí y para sí. Un ser herido en proceso de auténtica convalecencia tiene más de digna pantera anacoreta que de oveja vendada balando en la marejada indistinguible de un rebaño de dolientes. El apartamiento es parte imprescindible de la posible cura, como ya lo intuyera Marco Aurelio, quien llega a considerar a la anachoresis misma como una “técnica” del cuidado de sí (incluso “escribir” lo que sentimos durante ese período en que interrumpimos el contacto con el mundo es considerado por el famoso emperador como una técnica complementaria asociada al ánimo y al objetivo mismo del retiro).           

Cuando una herida nos marca con dureza el dolor arrrecia. Nos damos por ausentes del mundo, de los objetos, de los lugares, de las batallas que antaño nos reclamaban. Nos sustraemos hasta de nosotros mismos. Nos apartamos del mundo. Ejercicio singular dentro del “pathos de la distancia”. Una distancia solitaria que nos envuelve de nuevo fetalmente para darnos la oportunidad de volver a ser capullo... y posibilitarnos re-nacer de nosotros mismos, cicatrizados.





Finalmente, todo es un círculo?

La herida disocia, aparta dolorosamente. En la herida, la continuidad de algo es lesionada, interrumpida. La herida impone una distancia y nos distancia. Separación cruenta de un tejido que se sabía previamente entramado. Pero veamos que, curiosamente, en el exacto lugar en que se establece ese “entre”  doloroso que abre la carne, en esa precisa hendidura en que la sangre fluye y el sufrimiento se impone, allí mismo y en el mismísimo instante en que la superficie del soma se desgarra, se empieza al mismo tiempo a gestar el lento proceso de cierre. La herida es la apertura, pero con la misma palabra nos referimos a la huella que empieza a gestarse  (y quedará luego “cicatrizada”) como signo de curación.

Heridas las hay severas, crónicas o más o menos leves. Dependerá tal gravedad de factores como la extension (vastedad en que queda comprometido mucho “territorio” del cuerpoalma), la profundidad (hasta donde nos ha llegado el golpe del puñal), y la localización (sabemos que no da en absoluto igual la herida de la muerte que se lleva el pulso, que una herida superficial en la pedante espuma del narcisismo). E incluso, hay heridas circulares. Son las que nos llevan de nuevo al mismo punto de partida de donde surgieron. Infinitas y raras como una cinta de Moebius donde adentro y afuera dependen de la relatividad de nuestra posición ante ellas.

La herida encierra en sí misma el desgarro y el inicio de lo que luego será la cicatriz. En ella misma buscan refugio simultáneo el recuerdo (la herida como signo que nos muestra un pasado) y a la vez el olvido (la herida como esfuerzo por superar y dejar atrás la tristeza del dolor). La herida nos evoca sucesos pasados y rememoraciones siempre presentes. Ellas comunican el lenguaje de las pasiones sostenidas, de los sentimientos eternizados, de lo que a veces es  forzadamente silenciado, o de lo que otras es vivamente enunciado. Las heridas nos retrotraen a desequilibrantes momentos fragilizadores y a la vez,  a la serenidad de haber sabido cómo ir alcanzando tiempos reparadores.

Desde las heridas nos rumorea el mar abismal en que se agitan nuestras batallas más sensiblemente sentidas. Sean batallas dolorosamente perdidas o memorablemente ganadas, las heridas intensas nos dejan un gusto particularmente mencionable: algo le hemos logrado arrebatar, de su despiadada garra afilada con que nos asusta cada tanto, a la implacable muerte. Toda herida marcante "nos" narra un cruce donde tal vez haya andado Eros metido, pero casi seguro lo estuvo Thánatos.

Por eso una herida es un modo de memoria desde el cual narrar la propia capacidad de supervivencia. Cada silente cicatriz “nos dice” de algún capítulo de nuestra novela existencial. Si cada herida “cuenta”, cada cicactriz “habla”. Algunas hasta lo hacen de manerar tan pero tan sabia, que hasta vale la pena cada tanto volverlas a escuchar. Será por eso que es bueno no desoir nunca la voz de las heridas, ni mucho menos la de tus propias cicatrices: el secreto de tu capacidad de sanar está escrito en medio de ese coro de múltiples suturas.    





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viernes, 14 de noviembre de 2014

Amo, luego existo (los filósofos y el amor)




 
Amo, luego existo
(los filósofos y el amor)




"El amor como suma respetuosa de libertades,
porque sólo quien reconoce al otro como un determinado tipo de persona,
con su plena autonomía (y no como un mero ser-para-mí)
puede experimentarse a sí mismo en su plena especificidad,
de manera consecuente y veraz.
Porque un otro vaciado de contenido,
o simplemente con su diferencia debilitada, es, al mismo tiempo,
alguien a quien estoy negando su capacidad para reconocerme a mí
como el tipo de persona que creo y debo ser."




De ensayo “Los filósofos y el amor” - Manuel Cruz 



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viernes, 17 de octubre de 2014

Julien Offray de La Mettrie - ¡Qué fugaz es la vida!





¡Qué fugaz es la vida!
Las formas de los cuerpos brillan, al igual que se cantan sonatas.
El hombre y la rosa aparecen por la mañana y por la noche se desvanecen.
Todo se sucede, todo desaparece y nada perece.





Julien Offray de La Mettrie
(Saint-Malo, 25 de diciembre de 1709 - 11 de noviembre de 1751)
Médico y filósofo francés
Fragmento de “Sistema de Epicuro


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domingo, 12 de octubre de 2014

Carta de Despedida (Henry Miller a Anaïs Nin)

 


Carta de Despedida
(Henry Miller a Anaïs Nin)



Mi querida Anaïs:

¿Qué son las despedidas sino saludos disfrazados de tristeza? Lo mismo que el deseo y el placer de verte mientras te desnudas y te envuelves en las sábanas. Nunca has sido mía. Nunca pude poseerte y amarte. Nunca me amaste o me amaste demasiado o me admiraste como la niña que toma una lente y se pone a ver cómo marchan las hormigas y cómo, en un esfuerzo incasable y lleno de fatiga, cargan enormes migajas de pan. Qué son aquellas noches lluviosas en medio de la cama de un hotel. Qué el recuerdo de nuestros pasos por la calle, en el teatro o en la sala de conciertos. Qué son los recuerdos de los celos y de tus amantes y de June y de mis amantes.

Anaïs, no creo que nadie haya sido tan feliz como lo fuimos nosotros. No creo que exista en la historia del hombre y de la mujer un hombre y una mujer como tú y como yo, con nuestra historia, nuestras circunstancias; con aquello que se desbordaba en las paredes, el ruido de la calle y la explosión de tu mirada inquieta de ojos delineados en negro; con la sinceridad de tu cuerpo frágil y tu secreto agresivo e insaciable. El recuerdo puede ser cruel cuando estás volando febrilmente a tu próximo destino, a otros brazos que te reciban expectantes y hambrientos. El recuerdo de tu diario rojo que tirabas en la humedad de la cama entre tus labios entreabiertos y mis ganas de desearte. Te deseo. Te deseo con la desesperación y el anhelo de lo imposible y ya te has ido y tal vez, en un sueño imaginativo y romántico, leerás estas palabras una y otra vez, en medio de mi ciudad con la gente pasando en medio de las calles y la sorpresa en tus ojos y la gran dama con el fuego en la mano derecha.

Mi querida Anaïs, ma petite, ma jolie, infanta inquieta de sal nocturna. Te extraño cuando huyes de madrugada y te extraño cuando camino y me tomo un café en la calle; te extraño cuando June se acerca cariñosa y cuando paso por los grandes aparadores. Te extraño casi a todas horas: cuando escribo, cuando te pienso, cuando escucho las campanas que me anuncian que ya son las tres, cuando me acuerdo de las horas interminables entre humo y whisky, cuando tengo una comida que dura toda la tarde, también cuando me despido de ti cada día a la misma hora, cuando como en aquel lugar donde nos dio el aire y cuando escucho la radio. Adiós, Anaïs, adiós. Ya nos encontraremos en otras vidas y en otras vidas podré poseerte y quedarme contigo para siempre. Ya te veré en medio de la nieve y entre libros y vino. Adiós,

Henry



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domingo, 5 de octubre de 2014

Amas y Haenyos - Desnudas sirenas anarquistas en los mares de Oriente


Amas y Haenyos

Desnudas sirenas anarquistas en los mares de Oriente



Gabi Romano




“Agua en que mil formas me encuentras
siempre más libre que la luz del sol.”

Carmen Boullosa



Capaces de sumergirse en apnea (sin equipos especiales, o sea, a pulmón) hasta 20 metros de profundidad en busca de esponjas de mar, algas, moluscos, langostas, pulpos, y fundamentalmente ostras y perlas, estas sirenas del Pacífico bucean en aguas cuyas temperaturas rondan apenas los 15 grados durante jornadas completas. A estas mujeres, resistentes y raras como las perlas mismas que persiguen, se las conoce en Japón como “Ama” (“Umincho” en Okinawa, “Kaito” en la península de Izu), y en la matriarcal provincia de Jeju en Corea del Sur como “Haenyo” (cuyo significado literal es “mujer del mar”).  Son las sirenas de oriente, las más curiosas apneistas de la historia del buceo.








Una tradición de dos mil años


Las mujeres buceadoras son mencionadas ya en la antigua literatura oriental (1) (en Gishi-Wajin-Den, en el Kojiki, y más tardíamente en Corea desde el siglo XVII bajo el nombre de “Jam-Nyo”). Todo ello hace estimar que su existencia en oriente se remota a unos dos mil años atrás, manteniéndose esta tradición hasta nuestros días. Usualmente han realizado sus prácticas dentro de pequeños grupos cooperativos, o individualmente asociándose como colaboradoras de pesca free-time en alguna embarcación.

El primer censo que las registró de manera formal en el siglo pasado fue realizado en 1921 en Japón y dió un total de 13000 Amas (en 1960 el número de las mismas habría descendido a 6000). En Corea, hacia 1950 se contabilizaron sólo en la isla de Mara, 30000 Haenyos (los datos del año 2003 muestran asimismo un marcado descenso, con apenas 5650 mujeres buceadoras). En la actualidad existen unas 1000 mujeres dedicadas a esta actividad en Japón y otras 4500 en Corea, continuando la tendencia hacia una marcada disminución. Las pocas Amas existentes se encuentran en la zona de Ago -extremo sur del Parque Nacional de Ise Shima en la provincia de Míe en Japón- y en Corea del Sur en la antemencionada isla de Jeju. Esta legendaria práctica de flotar, nadar y bucear durante horas en las fauces del mar pronto desaparecerá, pero antes de que ello suceda trataremos de indagar un poco más de cerca sobre esta fascinante historia de poderosas y trabajadoras sirenas de carne y hueso.








Descensos y ascensos a puro pulmón


Por lo general, realizan su trabajo sin ninguna protección, frecuentemente con el torso al desnudo y vistiendo sólo una muy pequeña tanga o un short. En japón, a partir de 1955 algunas de ellas comenzaron a usar una especie de tela muy ajustada al cuerpo de color blanco (en la creencia de que los colores claros ahuyentan a los tiburones). Sólo muy recientemente algunas han empezado a incorporar trajes de neoprene, particularmente en Corea.

Las más jovencitas ocasionalmente usan unas especies de pequeñas aletas para sus inmersiones, prefiriendo casi siempre valerse de sus propios brazos entrenados desde la pubertad para esta tarea a la que se dedican de por vida. Suelen llevar un pincho o especie de espátula que les facilita despegar los moluscos de las rocas. Antiguamente utilizaban un pañuelo en su cabeza –en el que escribían oraciones- el cual cumplia con la finalidad de mantener el cabello sujeto.

Se considera que su mejor momento como buceadoras-recolectoras es alrededor de los 50 años. Hay Amas y Haenyos que bucean durante sus embarazos hasta bien entrado el tiempo gestacional. Otra curiosidad es que el oficio se ejerce saludablemente hasta casi los 70 años, de hecho, el año pasado salió un corto filmado en torno a la vida cotidiana de Chewar Park, una indómita Haenyo de 82 años de edad que sigue activa en su diaria tarea de sumergirse en las aguas marinas (2).





 

 

La transmisión de madres a hijas


Estas verdaderas sirenas de mar adentro comienzan su formación cerca de los 13 años de edad (3) –la transmisión se realiza de madres a hijas- comenzando la práctica con tres horas diarias en las que realizan inmersiones de 5 a 7 metros de profundidad durante no más de 15 minutos cada vez. El nombre de esta primera etapa es “cachido”.

La siguiente etapa (llamada “funado”) se inicia recién a los 30 años, momento en que ya están en condiciones de descender hasta los veinte metros de profundidad. Las Ama-funado se internan en el mar en embarcaciones, generalmente acompañadas por otras Amas y por un hombre a cargo del manejo del bote. Antes de saltar al mar se hiperventilan para llenar sus pulmones de aire y se zambullen nadando verticalmente, manteniendo las piernas entrelazadas a fin de poner la menor resistencia durante el ingreso al agua.

Durante el descenso utilizan bolsas con piedras que pesan entre 8-12 kilos, artificio que colabora en facilitarles la rápida bajada al fondo marino. En la cintura enlazan una cuerda que es lo que las conecta con la embarcación que las espera en la superficie. Cuando logran llenar la bolsa de recolección de moluscos, le dan dos tirones a la cuerda como señal para que la bolsa pueda ser izada. Ellas suben sin ninguna ayuda, excepto la de su propio esfuerzo. Se calcula que a lo largo de una hora de inmersión, estas mujeres-buzo pasan aproximadamente unos 30 min. en el fondo, otros 15 min. empleados en las subidas a la superficie y las bajadas, y otros 15 min. más descansando al lado de las embarcaciones. En una mañana de actividad pueden llegar a realizar unos cincuenta descensos, y otras cincuenta bajadas más por la tarde.








Resistencia, habilidad y adaptabilidad subacuática


Las Amas han sido consideradas como un muy llamativo ejemplo de resistencia física. 

Por esta misma razón, han llamado la atención de la ciencia y particularmente de la fisiología (4), siendo estudiadas con particular interés dado el desarrollo inusual de sus habilidades de poder resistir grandes presiones oceánicas, soportar el frio de las aguas en que realizan sus prácticas y, especialmente, por su notable adaptación para tolerar el dióxido de carbono en sus organismos durante tanto tiempo.

Sin embargo, pese a estas extraordinarias habilidades y resistencias corporales que les llevan a no sufrir las molestias propias del llamado “síndrome de descompresión”, muchas de ellas tienden a padecer durante la madurez de problemas relacionados a la pérdida audición, rotura de tímpanos y/o zumbidos.








Las sirenas anarquistas

Estas mujeres, legendarias amazonas del mar, demuestran que el cuerpo humano es una preciosa maquinaria capaz de afrontar desafíos impensables.

Nos recuerdan asimismo que la voluntad, el esfuerzo, el entrenamiento y la –hoy tan vilipendiada- “cultura del trabajo” permiten poder llevar adelante una dura tarea diaria en base a la cual ganarse honradamente la vida.

Las Amas y Haenyos no esperaron a que existan programas estatales de “acción positiva”. Tampoco enfrentaron los rigores de la existencia reclamando a que les lloviera un subsidio por desempleo, o un plus salarial por “trabajo en condiciones adversas”. No han tenido jamás una “asignación universal” de ninguna índole. No. Tampoco gozaron de licencias por maternidad ni nada que se le parezca (de hecho, la mayoría de ellas vuelven al mar al poco tiempo de dar a luz, llevando al bebé consigo a su trabajo, lo cual hacen dejando al recién nacido al cuidado de otras mujeres submarinistas que se rotan arriba de las embarcaciones a la espera de su turno para bajar a las profundidades).

Ellas se han mantenido a sí mismas, a sus familias y han criado a sus hijos sin ayuda de ningún programa paternalista. Han sido autónomas e independientes en el plexo de una cultura extremadamente adversa en lo que hace a las posibilidades de romper estereotipos femeninos sumisos y obedientes. Y han vivido así, dignas, con la frente bien en alto, fuertes como las rocas hacia las que se aventuran en busca de esos pequeños tesoros marinos en base a los cuales crean su economía. 

Las Amas y Haenyos han sido lo más cercano al mundo sirenaico que ha existido por fuera de las fábulas mitológicas. Han sido y son reales, sí, mujeres reales que supieron tomar el propio destino en sus manos, duramente, incansablemente. Y no hay perla más valiosa que aquella que se construye como resultado de una vida verdadera, laboriosa, en constante desafío por superarse a uno mismo, hasta que el reloj de la finitud marque su minuto final.
 



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1- En 1954, en su novela “The Sound of the Waves” (El sonido de las Olas) Yukio Mishima incluye entre sus protagonistas a Shinji Kubo, un modesto aprendiz de pescador hijo de una mujer Ama. El joven se enamorará de una jovencita llamada Hatsue, quien llega desde otra isla entrenada también para transformarse en Ama. Un hombre entre dos Amas…? Pues para quien quiera develar el misterio, deberá adentrarse en las páginas de Mishima, lo cual siempre es un gran placer desde el punto de vista literario.

2- En la actualidad, las Haenyo coreanas sí utilizan traje de neoprene, aletas, escafandra, y/o googles aunque continuan sin ayuda de ningún tipo de tanque de oxígeno ni nada similar. Esto las diferencia de sus pares japonesas que conservan más la tradición totalmente despojada. Sobre vida de Chewar Park en la isla de Jeju filmada por el director Kevin Sawicki –“Haenyo: Women of the Sea”- el trailer oficial puede verse en http://vimeo.com/79749308. También existe un documental de National Geografic en  http://www.youtube.com/watch?v=J7Kn4nYdZbQ

3- En la tradición coreana las niñas comienzan su entrenamiento bajo el agua un poco más tempranamente, a la edad de 11 años.

4- Frances M. Ashcroft en su libro “Life at the Extremes: the science of survival” ha estudiado algunos de los factores por los cuales fisicamente las mujeres resultan más adaptables para este tipo de submarinismo en apnea. También constituye un aporte objetivo valioso desde la mirada científica el trabajo de H. Rahn y  T. Yokoyama “Physiology of Breath-Hold Diving and the Ama of Japan”.



viernes, 14 de febrero de 2014

¿Y por qué celebrar San Valentín?


¿Y por qué celebrar San Valentín?




Gabi Romano






Porque quem ama nunca sabe o que ama,
nem sabe porque ama, nem o que é amar.”

 Fernando Pessoa



Me resisto a aceptar como natural cierta imposición de mercancías "culturales": los corazones por doquier me resultan saturantes a esta altura del mes de febrero. A fuerza de verlos por cuanto lado transito casi me resultan fastidiantes. El marketing del amor puede llegar a ser tan asfixiante como banal y carente de autenticidad. Si el dilema es “mercantilizar o no mercantilizar” un asunto del sentir, pues la verdad es que un poco me da igual, ya que cada quien es (en primera y última instancia) dueño de elegir si pone su horizonte sintiente a disposición de ciertas dinámicas del consumo o no y porque. ¿Quieres consumir San Valentín? Do it and be happy! ¿No quieres subirte a la marea edulcorada del 14 de febrero? No lo hagas y sé feliz con tu decisión también. Ya estamos grandecitos para decidir qué y por qué celebrar, qué y por qué comprar determinadas mercancías, qué y por qué no hacerlo. Cada quien sabrá, o racionalizará una u otra posición. E incluso también cabe la indiferencia ante el asunto, por qué no. Pero a veces me ocurre que esto de San Valentín, no sé, me empalaga... 








 -Tras Cupido celebrado en una hoja del almanaque

Como tantos otros, coincido en detestar ciertas fechas calendarias en las que presiento cierta ortopedia de festejo trasplantado, aunque luego igualmente pienso que casi toda celebración posee un origen culturalmente entrecruzado que muchas veces desconocemos y nada es puro per se. Ni siquiera técnicamente es "culturalmente nuestro" esa mismísima arbitrariedad que conocemos como “almanaque”. ¿Qué es realmente autóctono? Poco, o nada. Y eso tiene su lado interesante: las cosas que se nos dice debemos respetar, las celebraciones que marcan el año, los festejos colectivos, todo ello tiene algo de sedimentación de nuestros diálogos (o encontronazos) con otros pueblos, otras naciones, otras idiosincrasias. Nos hemos cruzado con otros, y de allí nos han quedado marcas calendarias.

Pero resulta que me sucede algo ciertamente incómodo: mi aproximación a las realidades del amor ha estado siempre muy lejos de evitar percibir en éste sus no pocas zonas oscuras. Uno no se cansa de leer acerca de historias de desamores, escuchar sobre amores que terminan en descomunales odios encendidos, advertir como bellas pasiones de amor desembocan en incomprensibles estados de indiferencia anestesiada, o ver -no sin cierta pena- como la sensibilidad amorosa se vuelve cosa casi imposible de practicar desde la alegría hedonista debido a encostradas incapacidades subjetivas, variadas discapacidades emocionales o simple estrechez para entregarse a vínculos que exigen que intensifiquemos nuestro sentido de estar vivos. La gente se vincula desde sus carencias, lamentablemente, no desde sus exuberancias sintientes. Y eso es una real pena. El mundo está repleto de impotentes amorosos. 

Sin embargo, el amor parece estar en todos lados y a la vez realmente en pocos. El marketing del amor, las publicidades, los libros de autoayuda, las novelas, la música insisten en hacernos topar con lo amoroso constantemente. Pese a esta hiperpresencia del amor, los consultorios de los psicólogos siguen recibiendo la contracara de esta fenomenología que nos invade con la amorosidad a diario. La gente padece falta de amor, o dolor de amor, o penas de amor, o desamor, o pérdidas de amor. Como bien afirmaba La Rouchefocauld, con el amor ocurre lo mismo que los espíritus: muchos hablan de ellos, pero pocos los han visto. Los fracasos, las fallas, la intermitencias amorosas ponen en evidencia que el desánimo, la desconfianza y la complejidad están mucho más a mano en la cotidianeidad que la imagen idílica de seres amables cuyos corazones sonrientes se prodigan cariños en un clima de serena bienaventuranza. El amor puede quedar encerrado y semimuerto de asfixia entre los cajones donde se esconden las amarguras. Incluso en ocasiones, hasta puede quedar enfermizamente mutado en violencia. Los amantes parecen muchas veces estar muy por debajo de la altura que reclaman los exigentes vuelos de Eros.      

Como sea, y aún así con todo este panorama complejo por delante de los ojos, hoy es 14 de febrero. Y no pasa para casi nadie desapercibido que se consume, à la carte, un nuevo Valentine´s Day

Sobreempujada por la fuerza inercial de esta fecha, la cosa aún parece estar dispuesta a empeorar un poco más aún cuando percibo que la evocación del amor se liga nada menos que a la memoria de algún mártir-santo. Porque es preciso aclarar enfáticamente que no se habla del “Día de Valentín” sino del día de “San” Valentín. ¿Cómo armarme una representación mental que ponga en intersección a un ignoto personaje ascético de amarillenta piel sin tacha como portador de una supuesta simbología amorosa? ¿Cómo pensar que un santo sea imago de ese oráculo tan indescifrable como indeciblemente intenso que son las pasiones del amor? ¿Cómo poner a la santidad -esa misma que renuncia al cuerpo y sus marejadas de sensaciones eróticas- en asociación con la llamarada informe y la irradiación de placer que se mezclan desproporcionadamente en el caldero en que nos transformamos cuando nos captura esa arena movediza que es estar enamorado? Para mí esa juntura entre la ascética de la santidad y la intensidad de lo amoroso me resulta imposible de sostener.

Pero justamente allí donde nos plantamos a decir un seguro “NO”, donde con firmeza rechazamos, donde decimos “Qué absurdo es esto!” es quizá en donde más y más profundamente el espíritu filosófico debe atreverse a aplicar la sospecha, la autointerrogación, el trabajo de desensamblar los propios pre-juicios arrimando decididamente la lámpara de la curiosidad.

En el albor de este día, símbolo del amor enamorado (pues el amor es muchos amores
, siendo el del enamorado uno de ellos) y apartándonos por un rato de las aparentes victorias inescrupulosas del consumismo de corazones de chocolate tanto como de las oscuras tristezas de los des-amores, tal vez podamos decir alguna cosa que valga la pena sobre “San Valentín”. Decir, pensar, saber, inteligir algo sin que se nos aparezcan en la mente osos abrazando corazoncitos de felpa, bombones de sabor hidrogenado, cenas carísimas edulcoradas entre velas acorazonadas, y todo ese atiborrado universo en rojopasión que nos invade insoportablemente desde las vidrieras o escaparates hasta si uno inocentemente va a comprar lo que sea en el maldito supermercado.

¿Qué hacer entonces? Pues nada mejor que un breve viaje en el tiempo, pues el amor implica siempre cierto grado de rememoración hacia atrás. Esta vez irse, brevemente, hacia los desbordados tiempos romanos. En la Roma antigua, con un poco de latín práctico y una pizca de historia del paganismo, tal vez hallemos alguna pista más dionisíaca y menos estructuradamente apolínea que nos permita deconstruir los sentidos de este 14 de febrero.

Andaremos descorriendo los velos y espiando ávidamente respecto de todo lo que se halle tras las huellas de la etimología, tras la leyenda del santo Valentín, tras las pasiones paganas, tras las tarjetas del amor condenado, tras las inquietas flechas de Cupido...









-Tras las huellas de la etimología

Ya la etimología nos revela, como casi siempre lo hace (sí, soy una terrible fanática de los mundos arcanos en que han nacido las palabras) una primera grata sorpresa. De la etimología del nombre Valentín y su significado se desprende que la palabra latina valens significa “fuerte, robusto, vigoroso, de buena salud”. En efecto, de ella devienen otras expresiones como valiente, valor, valioso, poderoso, e incluso válido. Valentia, por su parte es, ni más ni menos que “vigor, facultad de poder”. Todas rondan semánticamente al nombre Valentín. Los latinos solían pensar los nombres que darían a sus descendientes en función de simbolizar, a través de ellos, las virtudes que anhelaban proyectar en el carácter de estos herederos. Nunca ha sido cosa simple eso de “nombrar” al hijo, por lo que se puede apreciar. Nombres como Valens, Valentino o Valente, aludían a la fuerza, la vigorosidad, el poder y la potencia -y según parece de acuerdo a lo que puede apreciarse en antiguos documentos natales- este nombre fue bastante popular en tiempos en que el Imperio se debilitaba. Mientras el Imperio caía corroido por la corrupción y los demagogos de turno y todo se agrietaba por doquier, los romanos seguían depositando sus esperanzas de potencia en los hijos que seguían dando a su tierra, quizá deseando que estos vástagos suyos tuvieran la suficiente fuerza como para vivir con valor en tiempos de feroz decadencia. Comprensibles paradojas microsociales, que le dicen. Nombres derivados de Valens, pero en diminutivo, son por lo tanto Valentiniano y Valentín.

Me pregunto si esto ya no nos advierte con tímida claridad que el amor es asunto de valens
, esto es, de seres poderosos, seres que al menos mientras están cautivos del maravilloso hechizo del “amor enamorado” se sienten a sí mismos como más potentes, más vigorosos, más saludables. La etimología no hace más que afianzar esta línea interpretativa: la potencia y el amor poseen un ligamen indisoluble. Quien bienama, puede.










-Tras la pista del afamado santo


Sobre este día consagrado a los enamorados hay leyendas encontradas, superpuestas, insistidas.

Los relatos legendarios como el que a partir de aquí describiré, tienen (casi como si se tratara de una telenovela latinoamericana de las tres de la tarde) un poco de todo, pero sobre todo hay mucho de lección moral. Quiero decir con ello que en la leyenda hay poco de gris y mucho en blancoynegro: hay un malo, un bueno, el amor es visto como “Bien”, el odio como “Mal”. Desde ya que no faltará  un héroe martirizable, alguna ciega que se enamora, y un desagradable déspota que no logra completamente salirse con la suya.

¿Qué nos dice la leyenda del santo Valentín?
Pues se cuenta que hacia fines del siglo II dC. un emperador de nombre Claudio II (más conocido como “el gótico”) prohibió en territorio del Imperio romano mediante un edicto, la consagración de matrimonios entre los hombres de armas. El poderoso sujeto en cuestión argumentaba que los recién casados se negaban a ir guerrear, y esta debilidad era imperdonable para un gobernante romano necesitado de hombres para llenar las filas de sus tropas. De ahí en más, los matrimonios de soldados quedaron fuera de la ley. Nada de lecho nupcial, Roma necesitaba a sus hombres dispuestos a sublimar energía sexual en las batallas y consagrados a amar sólo a la patria. La tentación de la carne era quizás menos repelida que la debilidad humana que a veces acompaña a los asuntos del corazón. Pero siempre y en todo tiempo hay tercos dispuestos a defender a la sacra institución matrimonial, y a contravenir leyes arbitrarias. Y quien mejor para encarnar heroicamente esta defensa que un miembro eclesiástico: un tal obispo Valentín desafío la interdicción del emperador. Valentín casó así a decenas de soldados de manera secreta. En la clandestinidad, le dio peligrosamente la espalda al edicto imperial. Valentín se jugaba su pellejo en nombre de… de qué? No sé si del amor, pero sí de su institucionalización, no sé si de los enamorados, pero sí sé que de los reproductores de los futuros “hijos de Dios”. Como sea, el obispo casamentero fue rápidamente descubierto, y el impiadoso emperador Claudio ordenó sin titubeos que lo decapitaran. Pero la cosa no termina allí, y eso que el asunto ya daba para la leyenda de futuras generaciones. Resultó que el ahora encarcelado obispo, en espera de su más que segura muerte, conoció a una tal Julia quien era la hija ciega de su custodio, y… se enamoró de ella. Al diablo con los votos cuando se tiene un pie en el cadalso!!!! En este culebrón de la antigüedad (a veces creo poder asegurar que los mitos antiguos no son mucho más que, como ya he dicho, versiones sin TV de novelas en fascículos, vendidos como relatos orales para la culturería que gustaba y gusta de llamarse a sí misma “cultivada”) sucedió entonces lo imposible: la ahora amada Julia recupera la vista (siempre hay una ciega en todas las novelas… y una ciega que se recupera por amor, también) y ese milagro se atribuirá al inmenso y puro amor del obispo Valentín por ella. Pero la muerte es siempre la soberana final en este tipo de relatos de pasión y dolor: la inaplazable ejecución de Valentín fue finalmente llevada a cabo en el año 270 dC. un… 14 de febrero!

El capítulo final de la novela, perdón, de la leyenda, decía que en la tumba de Valentín, la para entonces vidente Julia, plantó un almendro y éste fue regado por la tremenda tristeza que manaba de sus lágrimas. Lágrimas de almendra. Ese árbol quedaría fijado hasta hoy como símbolo del amor y amistad. Fin de la historia, fin del déspota militar tiranizando con su odio a los soldados enamorados, fin del santo mártir movido por el sublime sentimiento del corazón, fin con la mujer ciega -vaya metáfora para "lo femenino"...- que recupera la vista gracias a los milagros del amor.


Mi mejor compañero de pensamiento crítico -que por esas coincidencias del deseo y de las elecciones vitales es asimismo mi marido- me decía en un almuerzo sanvalentinezco y respecto de este punto, que las lágrimas tienen una cierta forma almendrada. Siguiendo una posible ruta de sentido imprevista por mí, también me hizo notar que, curiosamente, el cianuro posee un olor similar al de las almendras amargas (de hecho la toxicidad de las almendras amargas es debida al ácido prúsico, el cual se combina con el potasio para formar una sal: el cianuro de potasio, tóxico poderosísimo y letal). Una hilera se formó de inmediato delante de mis neuronas sorprendidas: amor-almendras- amargura-lágrimas-sal-veneno-muerte... no es esto acaso "el otro rostro" del amor? ¿No es ese el oscuro y temido maleficio que quizá deba transitar todo enamorado? ¿Es que acaso el amor “desenamorado”, el devenido amar-go, vuelve a la pasión un veneno mortal..?








-Tras las pasiones paganas


Echando un vistazo al calendario de celebraciones y ritos antiguos, vemos que las fiestas paganas de la fertilidad romana (entre otros objetivos simbólicos que no viene al caso de momento enumerar aqui) tenían como propósito exorcizar la temidísima maldición de la esterilidad en tiempos en que la mortalidad infantil tenía sus tasas por las nubes.

El circuito concebir-parir-darbrazosalimperio dependía de esa precondición llamada “fertilidad”. Para garantizar la reproducción de romanitos, la tradición popular de la Roma antigua poseía sus rituales festivos referidos pues entonces, a la fertilidad. Dichas celebraciones, más conocidas por Lupercalia, se llevaban a cabo el día 15 de febrero. Las fiestas no se realizaban en cualquier lado, pues para los espíritus subjetivados en las tramas del misticismo, siempre hay lugares sagrados. Y los romanos tenían su lugar sagrado para esta fiesta también. Las fiestas se realizaban, de acuerdo con la leyenda fundacional, en el lugar en que la increíblemente famosa loba del relato había amamantado a los archiconocidos Rómulo y Remo. Ese sitio clave como piedra angular del discurso fundacional del Imperio, era llamado el Lupercal (palabra derivada del latín lupus, 'lobo'). Durante las Lupercalias se sacrificaban animales de cuya carne se preparaban correas hechas con tiras ensangrentadas de la piel del bicho muerto. Los sacerdotes, munidos de las sanguinolentas y probablemente malolientes tiras, corrían entre la multitud golpeando azarosamente a algunos de los asistentes con ellas. Pues, si se quería apartar la maldición de no tener hijos y/o curarse de ella, no había más que ponerse a correr entre la muchedumbre asistente a la Lupecalia y desear, por todos los medios, ser “bendecido” con el miniazote azaroso de éstas tiras. La creencia indica que una vez que se era golpeado con la correilla sólo debía uno de probar su estado de “curado” de un modo muy simple… yendo a casa a levantar las faldas de la esposa en misión reproductora para empezar a comprobar que efectivamente se lo había bendecido con el don de la fertilidad. O, según las malas lenguas, algunos vieron curarse la infertilidad exactos 9 meses después de la fiesta, pero resultó que el “vehiculo” de la curación no habrían sido los benditos azotes recibidos, sino el vecino que visitó a la esposa mientras el marido corría de lo más entusiasmado en el Lupercal. Cosas de la vida... Como sea, sexo y fiesta quedaban una vez más liados en este relato calendario.

Pero nunca falta quien esté dispuesto a aguar los festejos de Venus, y estos saboteadores del erotismo suelen tener pasaporte de alguna institución espiritual. Así, por la inapelable intervención de un tal Papa Gelasio, se prohibió hacia el año 494 dC. las antedescriptas celebraciones. Pero abundante gentuza de la plebe romana, esa que solía ignorar y desobedecer astutamente altri tempi la voluntad oscurantista de las autoridades del Dios monoteísta, siguió teniendo sexo, amando y procreando, pero ahora disimulando el rito pagano de la Lupercalia con la conmemoración de San Valentín el día anterior, o sea el 14 de febrero. Triunfo claro del resentimiento, y ocultamiento de los fragores dionisíacos por la vía de la consolidación del imaginario social cristiano y el derrocamiento de la pasionalidad báquica a través de la apropiación de “lo que sí es digno de ser celebrable”. Los descontroles de la carne quedaron subsumidos a una nueva celebración más correcta moralmente pues ahora se habla del amor y no del sexo, de la pareja y no de las pasiones de la carne, de los corazones y no de los entusiasmos recreativos de un hedonismo que probaba la capacidad reproductiva en un contexto lúbricamente pagano.

Luego resultó sencillo el re-ensamblaje de piezas simbólicas: se asociaron los relatos resignificados del santo Valentín martirizado en honor del matrimonio y ejemplo de la pureza curativa del “buen” amor, tramándose todo un concatenamiento de sentidos que llega hasta el tema de ofrendar objetos y garantizar promesas eternitarias entre los enamorados.

Un paso más en la historia de la estupidez humana -demasiado humana- y tenemos todo este circo montado por la industria de la tarjetería, las fábricas de chocolates, y los talleres de peluche con cientos de manos pegando ojitos de botón a los osos (que yo misma miraba hace unos años atrás casi con imbécil ternura) inundando hasta el Emporium Shopping de Bangkok en el corazón del sudeste asiático. Y si hay demanda, allí estará el mercado para satisfacerla: el amor es desde hace tiempo, una máquina de producir infinita cantidad de mercancías que le son asociadas. La demanda de amor es, literalmente, una demanda de los objetos que le son referenciados.










-Tras las tarjetas como condena


Se dice -otra de las leyendas semi-indocumentada- que en 1415 durante la guerra contra Francia, un tal Carlos duque de Orleans, padeció la captura de sus enemigos británicos. Trasladada la batalla de la guerra a otra batalla más mortecina -esa que debe librar un recluso contra sí mismo bajo las restricciones que impone la condición de pérdida de la libertad- las horas del duque rebajado ahora al status de vulgar preso de guerra en la Torre de Londres, pasaban ayudadas por el recurso de la escritura.

La finura aristocrática del duque y su pluma llevaron a que el hombre se dedicara a la “poesía carcelaria” (debería tratársela como un subgénero singular, he leído bellezas escritas en todos los tiempos en ese contexto celdario). Se dice que el tal Carlos tenía el exquisito refinamiento que otorgaba la buena educación de aquellos tiempos para los de su clase, y asimismo poseía una indudable capacidad-necesidad de transmutar en palabras su adverso destino como preso de guerra. En este universo repartido entre vencedores y vencidos, el duque se dedicó a volcar las penurias de su mundo interno en formato poético.

Dolor, melancolía, desesperación, muerte, recuerdos, anhelos en estado de encierro. En una escritura previa a su ejecución y dirigida a su amada esposa, firmó como "tu Valentín", inaugurando una incierta (pero legendaria ya) memoria de origen en la tarjetería del amor enamorado. Dicha carta-tarjeta sanvalentiniana escrita de puño y letra por un condenado a muerte en el siglo XIII se conserva actualmente en el Museo Británico y puede considerársela -según lo formulado por los cultores del amor espistolar- como la más antigua tarjeta en honor al enamoramiento de que se tenga noticia.








-Tras perderse en las fauces del amor


Finalmente nos parece de lo más imprescindible recorrer en este amoroso día las máximas de Émile Armand, el excepcional individualista francés. Armand no hablaba estrictamente de “pareja” sino de “camaradería amorosa”, un concepto individualista, fraternal, amistoso y gozoso entre quienes se prodigan amor. Armand nos incita a aspirar a volvernos para alguien un camarada más íntimo, más integral, más aproximable, deseando que esa misma sea la actitud de los seres que en la vida nos han amado y hemos ido amado. No esquivar ni la diversidad de ensayos amorosos ni la pluralidad de experiencias, resulten éstas como resulten. El amor no es resultadista: es un placer instalado en el curso del proceso mismo de amar. Intentar, aventurarse sin temor cada vez, pues el amor es parte de esa travesía más abarcativa que es una vida vivida plenamente. Amar, siempre darse a amar, siempre. ¿Por qué? Porque esa experiencia de interacciones efervescentes que lo amoroso es de las pocas que vale la pena ser vivida por el mero gusto de la experiencia misma.

Ceder a las propuestas de los mercaderes y autoconvencerse de comer uno de esos chocolates con formitas de amor que pululan por las vidrieras en este día es parte de las opciones. Practicar una suerte de canibalismo cardíaco en clave de cacao dulce no tiene nada de malo y mucho de recompensa bioquímica. Después de todo, el chocolate es "la" sustancia aliada de los devenires del enamoramiento: el affair de la feniletilamina con el amor, el alto contenido de ciertos polifenoles, la función vasodilatadora, la paz de las endorfinas... todo al alcance de la mano y envuelto en papelitos dorados que encierran las deliciosas promesas de este Prozac vegetal. Para aquellos que no tienen alguien por quien derretirse, pues siempre existe la opción de dejar derretir amable chocolate en sus solitarias bocas...

Whatever

Siempre se puede hacer de la circulación del amor-mercancía de San Valentín una ocasión rebelde para ejercitar la celebración de pensar. Genealogizar esta fecha permite desbanalizar el día de los enamorados.

Hoy se dice que se celebra el día del amor, o el más maravilloso modo de perder el gobierno de sí. Un bello desgobierno.

El amor, esa sensación lacerante y abismal de saberse temporalmente “adscrito” a otro ser -para decirlo en palabras de Ortega-, sensación en la que se retuerce sin demasiado éxito el anhelo de indominio, de indocilidad, de soberanía de un ser que ha perdido la ilusoria brújula racional que organizaba sus centros. Porque el amor es una potencia que descentra, desubica, sacude, invierte, en suma, despierta. El amor es un pasadizo a otro estado de conciencia tanto como una oportunidad para ser transitoriamente parte de un dueto de paradójicos dioses mortales.

El amor, región insondable cuya prepotencia territorial ahoga las fronteras del Yo y mezcla los límites de las pieles hasta tornarlas tierra sin ley.
Una invasión consentida sinsentido.

El amor, una danza de avesalmas que admite, como único deber, dejar siempre sin llave la estrecha puerta de la jaula en la que muchas veces se despliega el vuelo.
Un remontar.

El amor, juego de coraje al borde del acantilado.
Sin red.
Sin armadura.
Sin reglas.
Sin arnés.
Juego desprotegido de seguridades que sólo es pasible de ser jugado en el reino de la incertidumbre. Juego supremo que, cada vez que acontece, exige ser experimentado hasta sus últimas consecuencias sólo por espíritus que nunca olvidan el carácter alado de la libertad.

El amor, una divinamente humana impermanencia.





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