martes, 31 de enero de 2012

Partir a tiempo




Partir a tiempo




“La única muerte digna es la que proviene de tu propia decisión,

los demás solo sobreviven su final”



Abel Desestress



La muerte me desgasta, incesante.”

Jorge Luis Borges




Si la muerte es la desadherencia última, cuando se trata de conjugarla en primera persona cómo saber si es tiempo o no para partir hacia ese desapego final?

Es posible entrenarse/prepararse para partir de este mundo lo mejor posible tal como lo hace el protagonista de “Les Invasions Barbares”, Rémy, cuando ha sido diagnosticado con cáncer terminal e intenta con sus amigos y seres queridos hallar -mientras dure la lucidez- un modo singular de dar forma al final de su vida?

Cómo saber, casi con certeza suicida, si es momento de irse?

Cómo desaferrarse de esta maravilla que es la excepción de estar viviendo?

Cómo negar la voluntad de vida que pulsa por hacernos permanecer, por hacernos perseverar en la existencia?

A veces se puede dar una suerte de planificación final a nuestro existir.
Ética y práctica del buen morir, que para ser tal, debe .
Ultimo timing en el que hay que poder disponer no sólo de una conciencia que lúcidamente escoge un autoaniquilamiento dignificante, sino la presencia de un contexto que permita-avale-contenga esa subjetiva determinación que intenta mapear su propia cesación. Menudo desafío.
Otras veces esa estrategia para la última despedida es irrealizable, incluso, pese a la declarada voluntad conciente que haya tenido en otro momento previo el que agoniza pues no siempre es controlable el contexto de un final de vida y muchas veces sucede que se queda preso de semiarbitrarias circunstancias relativas al proceso “técnico” e institucionalizado de morir. Tubos, máscaras, fluídos a préstamo, máquinas contabilizadoras de latidos y suspiros, manos tan expertas (o no siempre) como desafectivizadas (o no siempre), y toda una artillería artificial que termina ensañándose con un cuerpo que ya ha perdido casi por completo la posibilidad de experimentar concientemente las plenitudes vitales y que sólo pervive gracias a todo ese stock de tecnología y la suma de fuerzas impersonales.
La perdurabilidad sin estado de conciencia ni voluntad insiste en que los sistemas se mantengan en “on” maquínicamente, sin hacedor ni deseo vívido ni impulso reflexionante. El “quien” vira cada minuto un poco más hacia el lado de un “que”. Quien se era ya no es es, y en esa irrecuperabilidad persistir respirando es asunto más propio de aparatos de guerra contra la muerte que de vida que anhela ser vivida.
Los hospitales y clínicas acopian a diario agonías que nada tienen de gallardas, como diría Porfirio Barba-Jacob. La muerte tarda, o se la hace tardar, y en esa demora el agonizante pervive aunque la mismidad se desquicie y la identidad se diluya hasta dejar al ser en estado de sobras de lo que alguna vez ha sido.
Sombra de sí antes de ser ya ni sombra.

No hemos manejado nuestra entrada a la vida, es cierto.
Nuestro nacimiento no ha contado con nuestra voluntad planificadora.

Pero sí es asunto preferible (si se puede) decidir los modos de salida.

No podremos cambiar las reglas naturales, es cierto, pero la impronta personal no debería ausentarse en el final del juego... es bueno morir a tiempo, gallardamente.




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