jueves, 9 de septiembre de 2010

Domesticación, lazo y cautividad


Domesticación, lazo y cautividad






“La esclavitud más denigrante es la de ser esclavo de uno mismo.”

Séneca



Leer inspira. Y vaya que si lo hace!
Agradezco esos estados en que, inesperadamente, un texto viejo-nuevo-revisitado-fragmentado despierta en mí zigzagueantes preguntas. Textos que me invitan a levar anclas, y echarme a navegar (incluso imprevistamente y con poco equipaje) entre las aguas quietas de lo que damos por cierto, o por el arremolinado oleaje de las propias sensaciones encontradas, de los propios sentires contrapuestos que se mueven sin mi consentimiento y lentamente al contrario de las agujas del reloj. Sí, me gustan los textos que en su aparente simpleza, provocan.
El fragmento del post anterior (gracias miles, Sara Heredia Gallego por haberlo seleccionado hace unos meses atrás desde tu muro de Facebook) es de “El Principito” de Antoine De Saint-Exupéry. Allí dialogan el zorro y el famoso muchachito de rubios cabellos. Un fragmento que quizá, condense como pocos el espíritu de ese clásico libro sin edad y para todas las edades.

Anduve así atrapada por el “asunto” vital que se juega en ese dialogo: los lazos.

Y particularmente, por la domesticación que genera un lazo.

Domesticar… vaya palabra con su carga de ambivalencias.

En mi casa tengo una perra, fiel y adorable, a quien quiero como tal vez nunca antes había querido a una mascota. Ella es mi querido “animal doméstico”. Me sigue por todas partes: cocino, y está a mi lado; escribo, y se tira a mis pies; leo, y se queda al lado de mi silla; me espera feliz moviendo su cola y dando regocijantes saltos de alegría cuando regreso a mi hogar; la alimento, la baño, la cuido, juego con ella… mi perra es mi lazo más puro con un adorable bicho domesticable.



-Domesticar, esa cautividad…

Sin embargo, en el terreno de la relacionalidad entre humanos, particularmente la palabra “domesticar” me despierta como intuitivamente un rechazo: cierto tufillo hay en ella muy elocuente que alude a falta de libertad, a límite en la autonomía personal, a control sobre la exhuberancia de los deseos, a dominación.

El domesticador, en efecto, domina a lo domesticado.

En lo intervincular no me place en absoluto percibir los estragos de la domesticación. El verbo “domesticar” atenta contra la libertad personal, y con ella, contra el deseo.

Veo demasiado rápidamente entre las brumas de “lo domesticable” imágenes de bridas, sonidos a viejos rigores, malolientes polillas de autoridad, diseños de vidas prefabricados en hojas cuadriculadas, cabezas bajas en actitud de sumisión. Domesticar me gatilla imágenes de filas, rutas, recorridos rectilíneos y movimientos uniformes, rebaños impersonales. Gusto a cautela mezclado con dosis de temor, peinados engominados y manadas de seres hechos en serie... domesticados a gusto del consumidor.

Llevada a escoger, sin dudas prefiero la completa falta de garantías y exceso de riesgos de la insumisión.

El precipicio incierto que es caer en los usos múltiples de la libertad, la promesa gestante que duerme en la hoja en blanco del que se aparta del camino prefijado de antemano, la incertidumbre del trayecto que se atreve a no establecerse fines previos. Los altos precios de llevar la cabeza en alto, libremente, son tan indomésticos como el galope bravío bajo cielo abierto, el vuelo solitario del águila y el cabello tan desordenado como sueltas las ideas. 

Bien se me podrá discutir que he abierto la expresión “domesticar” desde su lado muy descalificante y duramente pesimista. Seguramente. Pero,  acaso hay un bright side de la domesticidad? Cuesta creerlo…

Para contrarrestar este pre-juicio mío, tan hostil a la domesticación, me arrojaré a las fauces de este asunto, intentando no tener otra que la simple meta de explorar, sentir, adivinar qué implica el domesticamiento. Incluso –valga el desagrado- tomaré contacto con mis propias cadenas. Porque es este terreno, todos estamos atados a la "columna" (palabra que Nietzsche  toma para metaforizar el asunto de la sujeción y a esclavitud del individuo) de lo domesticable,. Algunos lo están más, otros menos, pero no hay quien no tenga en algún punto colocado algún tipo de grilletes…

Quizás, hasta confío encuentre un costado lumínico (como lo hace el Principito con su amada rosa) que me termine arrimando a este asunto de la domesticación con una sonrisa plácida. Lo intentaré. 
Ab imo rectore, y al menos en un primer momento, definitivamente me he sincerado aclarando que tengo no las mejores representaciones y sensaciones en mí respecto de este tema. Representaciones y sentidos que se desencadenan sin ninguna simpatía hacia los fenómenos de la domesticación, excepto obviamente los ligados a aquellos sentimientos de los que disfruto con mi querida perra “Almendra”.   

Mis primeras cavilaciones en torno a este terrritorio (i-)lógico de los lazos arrojan las siguientes inquietudes sobre la mesa de discusión:
-Somos los mortales humanos animales domesticables por definición?
-Qué, quién, cómo y cuándo podemos reconocer nítidas situaciones de domesticación subjetiva?
-Es el lenguaje una forma primordial de domesticación?
-Por qué "debemos" hacer lazo? Acaso son nuestros lazos una necesidad para la supervivencia?
-Siempre domestican los lazos o es posible pensar en lazos que no domestiquen?
-Llegado cierto punto, es posible afirmar que nosotros mismos nos "auto-domesticamos"?
-Qué juegos se traman entre libertad, autonomía, lazo y dominación?
-Qué peligros traen consigo ciertos poderosos nudos que nos enlazan a determinados seres significativos?
-Podría un "des-enlace" poner en riesgo la vida de un sujeto? Acaso hay lazos que matan?
-Por qué amar "crea lazo" y cómo han de conjugarse el deseo de enlazarse y la voluntad de dominio?
 

Con una tenue luz de un pabilo frente a mis ojos medio insomnes me interno en estos parajes claroscuros de la domesticación, no sin antes reposar por un instante en “La palabra áurea” de “El caminante y sus sombra” de Nietzsche:


“Al hombre se le pusieron muchas cadenas, a fin de que olvidase comportarse como un animal: y verdaderamente él se ha vuelto más apacible, espiritual, alegre y sensato que todos los animales. Pero ahora sufre por el hecho de haber llevado cadenas tanto tiempo, y por haberle faltado por tanto tiempo el aire sano y el libre movimiento; pero estas cadenas son, lo repetiré una vez más, los errores graves y a la vez sensatos de las ideas morales, religiosas y metafísicas. Sólo cuando la enfermedad de las cadenas sea superada, la primera gran meta será alcanzada verdaderamente: la separación del hombre de los animales.”


Pienso, al menos por ahora y hasta aquí, que si la domesticación (en tanto moldeo, adaptación, represión, inhibición instintual y condición de cohabitabilidad humana “funcional”) es un proceso inherente a la subjetivación, no será como decía Fénelon, que habrá que considerar como el más libre de todos los hombres a aquel que pueda ser libre dentro de la esclavitud?


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