viernes, 16 de julio de 2010

Encrucijadas, bifurcaciones y “free spirits”


Encrucijadas, bifurcaciones y “free spirits”



"El comportamiento humano, 
determinado por principio y casi en cada uno de sus actos, 
sólo admite unas pocas bifurcaciones, 
e incluso a éstas las sigue poca gente"


Michael Houellebecq – “Las partículas elementales”




Abrir líneas de fuga.
No seguir las reglas ni las determinaciones, atravesarlas todas de lado a lado, de arriba a abajo, levantarle la falda a las regulaciones y salirse finalmente de la estrechez de los códices  comportamentales  y sus pálidos libretos existenciales. Los actos humanos dormitan agitadamente en un nido de arbitrariedades y esa configuración equivocadamente acaba por rigidizar que qué-hacer , el cómo-hacer, el para qué-hacer

Es acaso la libertad el antídoto primero contra la enfermedad de los límites morales? Probablemente lo sea. Lo que sí es cierto es que la libertad implica riesgo.  Su precio es alto, las garantías pocas, y lo que debe dejarse atrás y aquello que hay que apartar del camino, abundante.


La oportunidad de la libertad viene de la mano de encrucijadas en las que deben evaluarse pasional y racionalmente la urdimbre de “motivos” que se aprisionan bajo  esa interrogación con forma de alternativa que nos cuestiona las vulgares coordenadas de la cotidianeidad.

Las encrucijadas son vecinas del caos. Nos desordenan lo que el barato teatrillo yoico dice tener bajo control. Sea como sea, las “bifurcaciones” que nos sorprenden en nuestros propios laberintos biográficos siempre están allí, agazapadas trás el cortinaje espeso de nuestras seguridades más congeladas. Como animales al acecho, las bifurcaciones desadaptativas nos muerden los talones cada tanto, tal vez para despertarnos, tal vez para ratificar que preferimos seguir anestesiados.

Y bien cierto es que a las mayorías no les placen ni los vértigos ni las incertidumbres que  derivarían de cambiar los trayectos diarios, las banales rutinas y los repertorios usuales. A cambio de aventurarse a tomar un nuevo sendero regido por  la lógica del tanteo, los cambios sólo nos ofrecen  ampliar la sensación de falta de garantía. Los humanos vulgares, temerosos, débiles e insípidos se aterran ante las “opciones” tal vez porque éstas dejan abiertos nuevos sentidos, parten el horizonte al medio,  repujan puentes de papel que requieren un cierto gusto  (aunque más no sea transitorio) por las prácticas funambulistas. Las imágenes que gatilla la palabra "cambio" desembocan  en representaciones ligadas a  lo desconocido, lo dudoso, lo inseguro, lo vagamente temido.  El hombre medio (esa prevalente víctima  propiciatoria que dícese representar lo que se llama "nuestra sociedad" y que en masa acude a agregar infelices ceros a las estadísticas) es un bicho mortalmente sedentario que prefiere el menú memorizado de la fiel cocina hogareña antes comer con las manos y respirar aire de dioses en las carpas errantes de los nómades. 
Sí, seguir un pulso por la cornisa del deseo es riesgo para pocos.
No todos pueden. Ya no se trata de un querer sino de un radical "poder".
Se necesita pellejo grueso y sensibilidad fina. Hambre de preguntas y sed de rompecabezas.
Tomar “otros caminos” es aventurarse a la posibilidad casi certera de tener que lidiar  asimismo con otros fantasmas sin siquiera saber bien cómo deshacerse de los viejos. Y claro está que cada mínimo ser que compone la masa de los gentíos amaestrados prefiere el aroma y sonido de los  espectros conocidos, su previsibilidad, y hasta su candorosa companía grisácea antes que  salir de sus cuevas a  librar batallas de resultados inciertos contra las sombras de sí mismo. 


Igualmente, en este asunto de presentar encrucijadas de cambio, la existencia produce activamente cierta distribución y equidad: les carrefours du labyrinthe se abren para todos. Alguna -o varias veces en la vida- un soplo violento de desconocido viento vigoroso abre  sin permiso las ventanas de la posibilidad y el cambio radical.

Pero serán indefectiblemente pocos aquellos que se han de adentrar libertariamente y sin hilo protectivo a cortar con la espada de la audacia la cabeza de su singular Minotauro, para arrojarse  luego a cambiar el rumbo de su nave, y finalmente lanzarse a navegar a cielo abierto sin los puntos cardinales de la brújula.

Abrir líneas de fuga?
Sí, si se puede.
Sí, si se es digno de habitar los signos inciertos de la libertad.
Sí, si se es capaz de  experimentar ese acto de intensa y bella desbrujulación que es desear el deseo de cambiar...        
 





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